¿Qué hago pues con tanta soledad?
Ciertamente mis días marchan bien y estoy alegre, convivo con la gente, sonrío. Pero entonces, al terminar mi jornada laboral, apagar el computador, ir y terminar mi rutina de ejercicios y volver a mi casa, a mi espacio, a mi cueva donde no hay más que realidad. Solitaria y fría realidad. Comer sola, cantar sola, bañarme sola, ver películas sola, leer un libro sola, dormir sola, hablar sola.
Así terminaron mis días desde que te fuiste. Pero soy como una adicta en rehabilitación. Con el orgullo a cuestas, después de pasar días llorando, delirando. Me siento más sobria, pero igual, sola.
Y es algo tan cabrón, que no quiero escribir tu nombre aquí para no manchar mis letras, pero siento una presión bien fuerte en el pecho que me incita a gritarte, a buscarte y golpearte también, por haberte ido así, y dejarme así en estas condiciones. No tienes madre, no la tienes ni madre, ni abuela, ni corazón ¡ni huevos cabrón! Porque aún viendo la fragilidad mía, que te había dado enteramente, botaste todo y me quebraste al momento. Me rompiste las alas, me quebraste los huesos. Me dejaste ahí como un mero trozo de carne inerte. Un trozo de carne que lloraba tu partida.
Me rompiste las ganas, aniquilaste mis sueños, en pedacitos dejaste mis besos y lo que es peor aún, con tu partida quemaste todas esas letras que habían brotado desde el fondo de tu ser. Vomitaste mis poemas, ¿sabías que eras el ser más afortunado por tener mis poemas? ¿sabías que nadie nunca te hará lo mismo? ¡Blasfemo! Me redujiste a cenizas el alma y con la daga de tu adiós partiste mi corazón.
Odio estar sola.
Odio extrañarte.
Odio no poder estar sola.
Odio necesitarte.
Odio no querer estar sola.
Odio que no estés.
¡Odio tu puta cobardía!
Y esta fue la historia de un amor de ensueño que se ve truncado por el puto miedo deshuevado.
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